Monday, September 30, 2013

La doble amenaza a la diplomacia estadounidense

This is a piece I wrote for the Spanish-language international relations blog Passim. The original post, which loosely translates as "The dual menace to American diplomacy" was published today.

Hasta el pasado 10 de septiembre, el pueblo estadounidense casi había olvidado que cuando se trata de enfrentar desafíos en la escena internacional hay otras opciones para su resolución que no pasan por el empleo de la fuerza militar. A comienzos de Septiembre el airado debate giraba sobre si se debía o no intervenir  militarmente en la guerra civil siria tras el atentado químico del 21 agosto, hasta que el secretario de estado John Kerry se topó con una posible solución diplomática. Desgraciadamente, esto no debía haber sido tan extraño.

La Embajada de Estados Unidos en El Cairo tras un muro de protección.

Aunque no resulte evidente, dado al contenido del debate sobre la intervención en Siria, la política exterior de los Estados Unidos no sólo se compone de la fuerza militar. La gran mayoría de las relaciones exteriores del país son responsabilidad del Departamento de Estado y sus diplomáticos. No obstante, en un mundo con una complejidad creciente, donde los diplomáticos son los ojos, las oídos y en muchos casos, los brazos de la política exterior del país, dos grandes desafíos amenazan la diplomacia norteamericana.

En primer lugar, las legaciones diplomáticas y sus trabajadores representan un objetivo militar para terroristas y otros enemigos de EE.UU. Las amenazas de seguridad han restringido la capacidad de los diplomáticos para poner en práctica la política norteamericana o entender la realidad doméstica, casi siempre complicada, de sus países de destino. Además, y en parte debido a la política interior de EE.UU., la acción exterior está sufriendo una falta de recursos que en última instancia podrían disminuir la influencia de que goza Washington en el ámbito internacional.

A pesar de que las nuevas embajadas incrementen su nivel de seguridad y parezcan más presidios que legaciones diplomáticas, el atentado en el consulado de Benghazi en 2012 y el reciente atentado al consulado en Herat, Afganistán, recuerdan que las embajadas y su personal son objetivos contra los que atacar fácilmente.


El riesgo de atentados no solo amenaza las vidas de los diplomáticos y la de los colegas locales con quienes trabajan, sino también disminuye su eficacia a causa de las limitaciones de contacto y movimiento que ponen las crecientes medidas de seguridad. De esta cuestión se lamentaba el embajador en Libia, Chris Stevens. Stevens mantenía que las limitaciones de movimiento perjudicaron la percepción que EE.UU. tenía el país. Chris Stevens a menudo se saltaba las restricciones de seguridad para poder hablar e interactuar con sus contactos entre el pueblo libio y sus líderes. En 2011 murió en un atentado en Benghazi.

EE.UU. no puede cooperar efectivamente con otros países si sus representantes viven con el miedo constante a perder la vida. Pero es que además los diplomáticos tampoco pueden trabajar con eficacia dentro de limitaciones tan restrictivas. Como si de una gran ironía se tratase, tanto la amenaza de atentados como las medidas de seguridad están trabajando juntos para impedir la diplomacia estadounidense.

El segundo desafío que amenaza a la diplomacia proviene del interior de EE.UU. Se trata de los recortes a los que hace frente el Departamento de Estado, recortes que merman su capacidad para operar ante un Congreso que encuentra fácilmente ignorable las necesidades del servicio exterior.

En Julio, la Cámara de Representantes hizo público su propuesta presupuestaria, con recortes de $11.000 millones de los $52.000 millones del presupuesto del Departamento del Estado y otros programas exteriores. Haciendo una perspectiva, el presupuesto del Departamento de Defensa para 2013 es de cerca de $525.400 millones. Del presupuesto federal de $3.796.000 millones, el del Departamento de Estado sólo constituye un 1%, incluyendo en esta cifra también la ayuda alimentaria y las contribuciones a  organizaciones internacionales como la ONU.

Este “golpe interno” a la diplomacia norteamericana proviene de un problema estructural de la democracia representativa de EE.UU. Aunque una política exterior bien apoyada y sofisticada debería estar entre los principales intereses del país, la diplomacia no tiene una circunscripción electoral. Contrariamente a lo que ocurre con el ejército, cuyos soldados son parte de comunidades y cuyos pedidos de materiales dan oxígeno a fábricas en economías locales. El Departamento de Estado en cambio es una organización de burócratas que viven en Washington o en el extranjero, cuyo trabajo es malentendido o desconocido. Por eso, es más fácil para los representantes justificar recortes a la cuota de pertenencia a la Unesco que recortes a subsidios agrícolas (por ejemplo), y por ende la diplomacia sufre más durante los periodos de austeridad.
Aún más daño viene de la incertidumbre causada por la lucha presupuestaria entre los dos partidos políticos en el congreso. El sequester es un castigo, diseñado en 2011, para impulsar los dos partidos a alcanzar un acuerdo presupuestario. También conocido como el precipicio fiscal, los recortes debían haber sido tan dañosos  que tanto los republicanos como las demócratas hallarían una solución para evitarlos. Eso no pasó y un año después el Departamento de Estado aún está operando en los niveles presupuestarios del sequester. Lo peor es que este año fiscal, el congreso todavía ni siquiera ha llegado a un acuerdo que continuaría con los niveles actuales, ya reducidos, arriesgandose a provocar un paro total del gobierno si no se aprueba el presupuesto antes del 1 de Octubre.


Los desafíos que enfrenta la diplomacia estadounidense son serios y puede ser que no haya soluciones para algunos. No parece que los atentados a las embajadas y consulados estadounidenses vayan a disminuir a corto plazo. Las precauciones en materia de seguridad seguirán restringiendo los movimientos y las habilidades de los diplomáticos para comunicarse y entenderse con sus contrapartes locales. Por otra parte, las actividades del Departamento de Estado no tienen por qué ser un misterio para el pueblo norteamericano y quizá haya una circunscripción electoral para la diplomacia tras un decenio de guerra. Si EE.UU. quiere arreglar algunos problemas mundiales, tendrá que sacar punta a algunas de las herramientas que guarda en su caja.

Bryan Schell, Washington D.C.

Bryan Schell acaba de salir de España, donde trabajaba como analista de economía en Banco Santander. Estudió historia, relaciones internacionales y economía. Espera empezar en el servicio diplomático estadounidense en 2014. Puede seguirlo en twitter: @bryankenji